La felicidad, en estos tiempos donde nos invade la preocupación por el coronavirus

Imagen de ElDiario.es
Si nos preguntan a qué aspiramos en esta vida, la mayoría contestaremos que queremos ser felices. Incluso quien ya se siente feliz anhela poder serlo más. Una pregunta lleva a otra, así que podemos después cuestionarnos qué es la felicidad, incluso qué es la felicidad en estos tiempos marcados por la crisis del covid 19. La felicidad, sea lo que sea, es un estado en un tiempo. Varía, evoluciona, cambia. Y ahora ha cambiado, como la vida, como nuestras vidas. 


Esta pandemia que nos ha obligado a recluirnos en los hogares, a temer por nuestra salud y por la de las personas que más queremos, a plantearnos que acaso podemos quedarnos sin lo más básico, nos ha dado la vuelta, ha supuesto un frenazo en seco y creo que nos está permitiendo replantear nuestro propio concepto de felicidad. Solo somos conscientes del valor de algunas cosas cuando las perdemos, cuando la vida nos las arrebata, y quizá esté pasando algo así, aunque lo que hemos perdido no sea la felicidad, sino un remoto pariente  de la misma, la rutina, el confort, lo que lleva aparejado una vida bastante predecible y donde tenemos lo fundamental controlado. 


La espectacular crisis sanitaria que padecemos estos días ha irrumpido como una pesadilla en un mundo aparentemente feliz, al menos en una sociedad complacida, incluso en algunos de sus extremos opulenta. Seguramente muchos de nosotros pensemos ahora que somos menos dichosos que hace apenas unas semanas. Desde luego, son menos felices quienes han sufrido la pérdida de algún familiar por culpa del virus, también, quienes lo están sufriendo con mayor o menor virulencia. En mayor o menor medida, lo sentimos todos y todas, por empatía y por encontrarnos confinados y en una merma de libertad de movimientos que jamás habríamos imaginado viviendo en un país rico y con un estado de derecho. Pero, de la noche a la mañana, hemos visto limitadas algunas libertades y deteriorados, cuando no perdidos, empleos y empresas, y estamos temerosos de nuestra propia salud física. 


Seguramente valoramos más ahora todo aquello que dábamos por hecho y que, en unas circunstancias tan adversas y excepcionales, empezamos a sospechar que no estaba tan garantizado. Sabíamos -y no a todos nos producía infelicidad- que en algunos lugares del mundo el hambre es una realidad implacable, pero nos pensábamos a salvo. Leíamos que en muchos lugares de nuestro planeta los niños mueren de diarrea (hasta 40 cada hora, según Oxfam Intermón) o por enfermedades respiratorias perfectamente evitables (hay 650.000 defunciones al año por gripe estacional, según la OMS), pero nos considerábamos a salvo de estos males de otros tiempos y, ahora, de otros continentes. Veíamos cómo en otros países personas como nosotros, con sueños parecidos y legítimas aspiraciones de felicidad, huían de la guerra o de la miseria, pero en este escenario no nos planteábamos más debate que el de abrirles o cerrarles las puertas de nuestro bienestar. Éramos conscientes de ciertos peligros y calamidades, pero siempre parecían quedar al otro lado del muro, del mar, de la pantalla de la televisión. No sentíamos de manera directa lo interconectados que estamos, nuestra pertenencia a una gran comunidad, la aldea global a la que se refirió McLuhan. Y no lo sentíamos porque el ideal que prevalecía era justo el contrario: el individualismo, el yo frente al nosotros, el individuo como paradigma del egoísmo, el yo único como un todo y nada más.


Algunas cosas han cambiado estos días con una pandemia global que se extiende por todo el planeta. Y es justamente ahora, cuando más nos oponemos al ideal individualista y tomamos conciencia de lo importante que es la vida en comunidad. Confinados en casa, buscamos un contacto acaso visual con los otros a través de las ventanas. Nos sentimos en la necesidad de expresar gestos de cariño hacia los héroes que libran la batalla en primera línea contra el virus desde los hospitales y otros servicios. Y le pedimos al Estado (al gobierno central, a las comunidades autónomas, a los ayuntamientos…) que hagan cuanto esté a su alcance. Porque solos nos sabemos indefensos. Ya el individuo, estos días, no es todo. Todo vuelve a ser todos y todas. Se está diciendo hasta la saciedad, pero no sobra por las veces que lo callamos en otras causas: sólo juntos y juntas podemos superar esta situación que nos está situando al límite.

En tiempos de crisis, nos hacen más falta el cariño mutuo, la solidaridad con quien más lo necesita y la empatía, que requiere respeto y comprensión por los demás. Ponerse en el lugar de los otros es tratarles humanamente, también juzgarles compasivamente. En una sociedad que quizá había acelerado demasiado, en la que se habían destruido muchos códigos morales y sociales, donde cada cual parecía poder desvincularse de la suerte del resto transitando hacia una meta que era, al menos en algunos casos, un éxito en forma de hedonismo materialista… el frenazo que ha supuesto esta crisis sanitaria no sólo nos sitúa ante un escenario en el que lo que parecía básico ya no está garantizado, sino que también nos anima a reflexionar sobre el sentido de la comunidad, que seguramente estábamos perdiendo, y sobre la importancia de lo público frente a la obsesión que hemos tenido por preservar y fomentar lo privado y, peor, lo privativo. 


Decía Churchill que la democracia es que llamen de madrugada a la puerta de casa y tengamos la seguridad de que es el lechero. La democracia, que implica que todos elijamos nuestro destino en común, consiste también en disipar estos temores nocturnos, en garantizar una convivencia pacífica entre los unos y los otros, en hacer que sea previsible lo que parecía garantizado de serie, cuando no es así de manera natural.La democracia es también esto: tener la seguridad siempre, pero sobre todo cuando más falta hace, de que existe una red sólida que cuida de nosotros cuando más desvalidos y desprotegidos nos sentimos. Cuando aplaudimos a nuestros sanitarios y sanitarias, yo salgo con mis vecinos y vecinas a diario, estamos también ovacionando un sistema que lo permite, unos impuestos que sostienen esta estructura. 


Estamos diciendo que no queremos más recortes en sanidad porque suponen una situación de mayor indefensión en estas circunstancias. Que el gasto social es precisamente eso, una inversión de todas y de todos para protegernos y ayudarnos todas y todos.

A partir del lunes habrá niños y niñas becados en comedores escolares de nuestra región que no se quedarán sin alimentar gracias al plan de la Junta para, en una situación de cierre generalizado de las aulas, seguir garantizando lo más básico. Los despedidos en los muchos ERTES que ahora proliferan cobrarán gracias a la caja común una prestación y muchas pymes podrán acogerse a avales gracias a los 200.000 millones de euros que movilizará el Estado contra esta crisis transversal. Cuando todo se tambalea, le pedimos al Estado que garantice el abastecimiento en los supermercados, que desinfecte las calles, que mantenga firme la red de telecomunicaciones y servicios básicos, que nos rescate a cada cual de nuestras penalidades, y que haga más llevadero nuestro miedo. Y es una suerte que sea así. Pero sólo es así si seguimos reivindicando la importancia de nuestro sistema social, que ni es gratuito ni nos viene dado porque sí. 


Somos seres sociales. Hoy se celebra también el Día Mundial de la Narración Oral, que acaso sea la forma más primitiva de arte en comunidad. Se nos hace posible imaginar que la más remota fórmula de cultura fuese la tribu reunida en la caverna en torno al fuego contando historias. Ese arte, que tan bien se celebra cada año en Guadalajara con el Maratón de los Cuentos del mes de junio, nos devuelve nuestra condición social. Tal vez no sea casualidad que el día en que se celebra la narración oral, tan ancestral como universal, sea también el día en que se celebra la felicidad. Porque en ambos casos se trata de lo mismo: contar los unos con las otras y las otras con los unos.

Para mi, ya lo habrás comprobado si llegas hasta este último párrafo es, también, sentirse integrante de un todo, de un equipo, de una comunidad… Y me quita el miedo y me hace feliz saber que juntos, todos y todas, vamos a superar esta crisis.  Y ojalá con lecciones aprendidas, con una mayor defensa del estado, de lo público, y con una mayor solidaridad con el resto del mundo. Será el éxito de lo colectivo frente a lo individual. 

Así que feliz día de la felicidad, a pesar de todo. Yo te deseo, que seas muy feliz, pero sobre todo, que todos seamos felices juntos. ¡Juntas! 


PD: y que todos nuestros seres queridos logren superar la pandemia 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *