CASTILLA-LA MANCHA

Pregón de Navidad en Fuentelencina en el Día Internacional del Migrante

Buenas tardes, amigas y amigos. Llego a este día, a esta preciosa iglesia, a este querido pueblo alcarreño de Fuentelencina, convocado por el alcalde, a  la sazón, mi apreciado amigo Santos López Tabernero, con la nada sencilla tarea de pregonar la Navidad. Y digo que resulta de gran complejidad esta labor, que es a la vez un tremendo honor y un inmenso orgullo, porque pregonar la Navidad supone para mi más allá de celebrar una fiesta muy familiar, anunciar la más importante noticia de todos los tiempos para los y las creyentes: el nacimiento de Dios hecho hombre, hecho niño.

 

Díganme si no fue el primer pregonero de la Navidad el ángel que anunció a los pastores la buena nueva, diciendo, según el evangelio de Lucas: «No temáis, os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». De aquel ángel pregonero, relator de noticias, antecedente de la profesión periodística si se quiere, poco tiene quien hoy os habla en este día, pero sí que vengo aquí con alegría y con ilusión, por estar entre amigos, por venir a Fuentelencina, a su preciosa iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, por poder realizar este pregón después del parón al que nos obligó la pandemia. Es un pregón de esperanza, esperanza de recuperación.

 

Agradezco igualmente al resto de la corporación municipal, a la parroquia y a su párroco D. Emilio y a sus feligreses, a la Fundación Siglo Futuro presidida por mi admirado Juan Garrido, a la Diputación Provincial de Guadalajara y a la Asociación Cultural San Agustín, que me hayan honrado con el privilegio de pregonar la Navidad en Fuentelencina y, así, poder suceder en esta bonita misión a mis queridos D. Atilano, nuestro obispo de la diócesis Sigüenza-Guadalajara y María y Laura Lara, dos grandes intelectuales y amigas.

 

Probablemente el guion exigiera de un cargo político como soy yo que hoy hablase de la Navidad en términos puramente sociales y sanitarios, tal es la situación en la que nos encontramos absolutamente marcada por la pandemia del COVID-19. Intentaré no hacerlo, o al menos no de manera exclusiva, porque creo que aunque esta Navidad es distinta a todas las demás por la afectación de la epidemia que sufrimos, no debemos dejar de abordar las grandes cuestiones que interesan a las mujeres y hombres de nuestro tiempo.

 

Intentaré también hacer un pregón breve, sencillo y directo. Cuando he asistido como público a pregones culturales o festivos, aquí confieso que este es el primer pregón de Navidad al que asisto, he agradecido mucho cuando el pregonero ha sido claro y no demasiado extenso.

 

Celebrar la Navidad para muchas personas de nuestro mundo no deja de ser un acto exclusiva o mayoritariamente social, muy vinculado al reencuentro con familia y amistades y a las comidas y cenas con éstos, a las compras y a los regalos, al merecido descanso de final de año, en definitiva una época que supone un cambio de rutinas, una interrupción de nuestra vida normal para incorporar a nuestros días escenas que están solo reservadas para estos días cortos con sus noches largas de finales de diciembre y primeros de enero.

 

En general son fechas más felices para la mayoría, aunque precisamente por eso quiero comenzar refiriéndome a quienes estos días en lugar de más alegría tendrán más tristeza. Aquellas familias de nuestro entorno que han perdido recientemente seres queridos, personas que siendo importantes durante todo el año ocupan un papel protagonista en nuestras vidas justo en esta coyuntura de reencuentros y de celebraciones. También a quienes pasarán estas fechas en hospitales o quienes tienen a familiares en situaciones de penuria o necesidad. Para las personas, en definitiva, que estas navidades tendrán días de nostalgia de tiempos mejores, de aflicción o de melancolía, todo mi cariño.

 

La Navidad para los creyentes significa el nacimiento de Jesús, Dios que se hizo hombre. Bueno, Dios se hizo primero niño. No rey, no poderoso, sino pequeño y vulnerable. Como todos los niños y niñas de la historia, demandante de apoyo de sus seres queridos y de toda la comunidad, pues los niños y las niñas no son solo una responsabilidad de sus padres, sino que su protección y cuidado son una empresa de toda la sociedad. Jesús nació niño para que amásenos a todos los niños y niñas, para que cuidásemos a la infancia. A toda. Sin apellidos. Sin atender a colores ni a patrias. Querer al niño Dios nos obliga a amar con todo lo que ello implica a todos los niños y a todas las niñas. Por eso, y por tantas cosas más rechazo categóricamente cualquier ataque a la infancia, proceda de donde proceda. Y como me gusta hablar sin tapujos lo dejaré más claro aún: me rebelo contra todo tipo de agresión a un niño o una niña criminalizándole solo por ser extranjero o por ser diferente.

 

Hoy celebramos el Día Internacional del Migrante, del extranjero, del inmigrante. Conviene recordar que el niño Jesús fue por dos veces un migrante. De la dimensión religiosa del nacimiento de Jesús no podemos obviar la dimensión más humana del hecho, que María y José, galileos de Nazaret, llegaron a Belén, en Judea, donde fueron rechazados y no encontraron posada al ser forasteros. Forasteros, es decir: inmigrantes. María parió a su hijo en un establo de animales, sin las mínimas condiciones de confort que serían pertinentes. Y eso hace que el niño Jesús fuese un hijo de la emigración, y que al imaginar su nacimiento hoy me pregunte si su cuadra no es sino como una patera, una playa, un barracón o un trozo de calle frente a una muro o una verja de nuestra época.

 

Cuentan los evangelios, que poco después Herodes pidió a los Reyes Magos de Oriente que le indicaran el lugar donde nacería el Mesías, y al no conseguir esa información decidió matar a todos los niños menores de 2 años. El niño Jesús logró salvarse, huyendo con sus padres a Egipto. Los creyentes del mundo honramos a las víctimas de este infanticidio los 28 de diciembre de cada año, el Día de los Santos Inocentes. Debiéramos quizá también honrar a los niños y a las personas que veintiún siglos después huyen de sus lugares por razones similares, muchos de ellos no pudiendo salvar la vida.

 

Independientemente de las propias creencias individuales de cada uno, es indiscutible que nuestra civilización ahonda sus valores en las raíces cristianas, por lo que convendría no olvidar que la Navidad desde su propio origen, el nacimiento de Jesús, nos lleva a la figura del inmigrante, del refugiado, del pobre, del excluido, del marginado… Los Herodes de antes son las guerras de ahora, las tiranías, las hambrunas que provocan el egoísmo o el cambio climático. Los refugiados, los pobres, las personas que son perseguidas por sus creencias religiosas o políticas o por su condición u orientación sexual, o por cualquier otro motivo tienen que ocupar un lugar en nuestra Navidad si queremos que ésta tenga coherencia con la verdadera Navidad evangélica que celebramos. Quiero agradecer al Santo Padre, el Papa Francisco, que haya vuelto a ser el altavoz de los silenciados en su reciente viaje a los campos de refugiados.

 

Esta Navidad, además de solidaria, tiene que ser también la de la responsabilidad. Una buena prueba es este pregón. El año pasado no pudo hacerse, probablemente, Dios así lo quiera, el próximo se parecerá más al de 2019 que a este. Nos encontramos en el periodo de transición que debe llevarnos a superar el desafío de una pandemia que está causando un enorme dolor en todo el planeta. Y las únicas recetas que nos están permitiendo tener hoy más esperanza que frustración son la unidad, la responsabilidad individual y colectiva, el formidable trabajo del mundo sanitario y los avances científicos.

 

Unidad, porque la COVID 19 ha atacado casi por igual a todo el planeta, a todas las personas independientemente de su origen, renta o patria. Pero ha sido especialmente agresiva con los más vulnerables, con las personas mayores o con quienes padecen graves enfermedades. Nos ataca a todos y a todas, y solo juntos podemos defendernos. Si cada uno hace una cosa distinta será imposible superar la pandemia y recuperar la normalidad. Y por eso es fundamental que las vacunas lleguen a todo el mundo. Ha llegado el tiempo en que las naciones más poderosas hagan un esfuerzo de solidaridad y de sentido común y lleven vacunas y vacunadores a todos los rincones del planeta. No hacerlo sería inmoral, obsceno. Y no hacerlo cuanto antes sería estúpido. Cada medio año nos encontramos con una nueva variante que se propaga con más o menos velocidad, más o menos virulencia, aprovechando nuestra incapacidad para llevar a buen puerto la necesaria extensión de la vacunación a todas las personas de todos los países de la tierra. Una incapacidad que se asienta en la codicia de los más pudientes y en la ausencia de generosidad con los empobrecidos.

 

Junto con la unidad de las naciones tenemos que añadir la responsabilidad individual. Todos y cada uno de nosotros, cada persona, puede contribuir a la propagación del virus o a la superación de esta enorme crisis sanitaria. Sí, también depende de nuestros actos individuales. No niego que hay factores difícilmente controlables, que influye la suerte o la casualidad, pero eso no puede hacer que nos abstengamos de cumplir con las pautas que nos han indicado las autoridades y que añadamos todas las que por nuestra cuenta contribuyan a protegernos más y a proteger a las personas con las que vivimos, especialmente si por razones de edad o enfermedad son más vulnerables. Estas fiestas no pueden ser una excepción al esfuerzo que venimos haciendo. Aquí, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares del mundo, vamos a poder permitirnos unas navidades mejores que las del año pasado, pero para que no haya que lamentar excesos en enero se requiere que aprovechemos que estamos aún mejor que en la mayoría de países de nuestro entorno con cautela y sentido común.

 

Hemos de encontrar la manera de vivir en esta situación de transición la mejor Navidad posible. Tenemos que saber combinar la alegría del reencuentro y la celebración con el sentido de la responsabilidad. Y nadie más que cada uno, que cada una, sabe qué debe hacer para conseguir el reto de disfrutar y hacer felices a quienes nos rodean, sin dejar de pensar en que aún nos encontramos en un entorno amenazado por la pandemia.

 

Estoy seguro que los momento más bonitos y entrañables de este año sucederán en estas navidades cuando podamos disfrutar de nuestras familias en las cenas y comidas tradicionales, cuando los reyes magos vuelvan a hacer el milagro de traer sus regalos a los niños y las niñas que con su alegría nos transportarán a nuestra infancia con sus respectivas navidades. Estaría bien recordar a la hora de hacer nuestras compras que tenemos un magnífico sector comercial y empresarial en Guadalajara y en Castilla-La Mancha, que siempre están cercanos cuando se les necesita, y que ahora merecen nuestro apoyo que además redundará en generar riqueza en nuestra tierra. Igualmente con el formidable sector hostelero que tanto ha sufrido durante esta crisis y que han demostrado una gran resistencia y versatilidad, adaptando su modelo de negocio y siendo capaces de ofrecer alternativas para distintas demandas de consumo. Es compatible, y me atrevería a decir que más que conveniente que nuestras decisiones de consumo se orienten a pensar en quienes tenemos más cerca. Así, juntos, podremos acelerar la salida de la crisis.

 

Comparto con ustedes mi deseo de que 2022 sea un año mejor que el actual. Es un sueño, pero también una convicción. Porque venceremos al virus, porque habrá más recuperación económica y como consecuencia de ello también más recuperación social. Pero sobre todo porque podremos reconquistar las demostraciones de afecto que aún tenemos restringidas. Ojalá que todos estos sueños se cumplan aquí, en nuestra querida España y en cada rincón de este planeta.

 

Quiero acabar con un mensaje de esperanza. No resulta difícil en un marco tan inspirador como esta preciosa iglesia, bien de interés cultural, y en esta bonita villa alcarreña, que he visitado tantas y tantas veces y en la que me siento como en casa. Aquí, junto a mi querido amigo Santos, magnífico alcalde y delegado de Agricultura en la provincia, una persona inteligente y buena, que tiene una de las sonrisas más fascinantes de cuantas haya visto. No es que pueda parar la propagación una sonrisa, pero quizá sí hacerla más llevadera. Dice el refranero que al mal tiempo buena cara. Pues la buena cara la imagino con una sonrisa de oreja a oreja, en estas fechas debajo de una mascarilla que nos protege. Confieso que siento una particular devoción por las personas que sonríen con frecuencia, y considero que la revolución pendiente y la más necesaria es la de la alegría, en un mundo que cada día es más exigente y que nos añade más preocupaciones, muchas de ellas absurdas. Es como si todo nos empujase al desánimo, a la desolación. Tanto es así que en ocasiones añoro la sencilla y humilde vida, llena de privaciones, carente de todo lujos, que llevaron mis abuelos durante casi tres cuartas partes del siglo pasado. Hoy casi lo tenemos todo, pero de tanto tener podemos perder lo más valioso, lo que no se consigue con dinero sino con cariño. Ojalá lo sepamos evitar. Quevedo nos enseñó que “sólo el necio confunde valor y precio”. Pues eso, que no paguemos el alto precio de renunciar a lo que realmente tiene valor, y siempre y más aún en la Navidad es el amor de la familia y de los amigos y amigas.

 

Quiero desearos feliz Navidad. Feliz Navidad es feliz solidaridad. Es feliz familia. Es feliz amistad. Para los creyentes: celebremos el nacimiento del niño Dios, que se hizo presente en la exclusión y la pobreza. Festejemos con moderación su mensaje de amor. Y para todos y todas feliz año nuevo. El mejor año de nuestras vidas. El año en el que se cumplieron nuestros sueños. El año donde triunfó la salud, la generosidad y la vida.

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